lunes, 19 de septiembre de 2016

Una prueba de vida más


Hace 31 años de aquel sismo que te hizo despertar sobresaltado. Estabas, quizá, en el segundo año de primaria. Si bien fuiste a la escuela, ningún maestro se presentó en los salones. Al regresar a casa, encendiste la televisión. En todos los canales se miraban las mismas imágenes de una ciudad devastada. Un pasado en su dimensión espacial fuertemente dañado. No cabía la posibilidad de ser lo que alguna vez se fue. El tiempo pasó y quedó materializado en nuevas formas urbanas. En ellas creciste y has vivido buena parte. Hoy, un nuevo sismo ha sacudido tu vida. 
     Abriste los ojos y tu presente se muestra azotado: el mundo ya es otro. Mientras te mantenías ocupado, absorbido en alguna actividad, apenas percibías los cambios que ocurrían a tu alrededor. Ahora, en estos momentos de inactividad forzada, te llega de golpe la consciencia de la rapidez con que el mundo se ha transformado. En momentos así miras a tus padres más empequeñecidos. Percibes rasgos diferentes en sus rostros; sus miradas han cambiado. Su vulnerabilidad se hace más evidente. El tiempo sigue avanzando.
     Temor. Despertaste con un sentimiento de angustia, preguntándote qué harás hoy. La sensación ha encontrado una morada dentro de ti. No se va. Empieza a arraigarse y crece. Se alimenta de tus fuerzas y tú empiezas a consumirte por dentro.
     Haces un recuento de lo vivido. De lo malo y de lo bueno, te quedas con las enseñanzas. Ciertamente el balance es positivo. Has vivido como lo deseaste, tuviste la oportunidad de elegir. Hay alegría en ello. Pero llegas al presente y la realidad parece no prestarse más para favorecer tus planes.
     Compraste un plan de vida y te sientes burlado. ¿Realizar estudios, concluirlos satisfactoriamente, cerrar ciclos desemboca en esto? ¿En la imposibilidad de tomar parte en el mundo laboral sólo por tener más de treinta años, justo cuando te sabes en el mejor momento de tu vida? ¿En verdad es este el fin? Pasarán los días, los meses, el año. La realidad te dice que las oportunidades son cada vez más limitadas. ¿Qué alternativas quedan? ¿Autoemplearse? ¿Subemplearse dándole la espalda a todo aquello por lo que te has esforzado? ¿Resignarse a vivir en frustración? No quieres ver tu estado de ánimo afectado. No quieres mucho menos hacer que terceros se vean afectado por él. El aquí y el ahora apelan a la fortaleza del carácter, del mismo modo que aquel terremoto de hace 31 años obligó a muchos a hacer lo mismo al despertar. 

viernes, 17 de junio de 2016

Carta a mis hijos sobre los fusilamientos de Goya

Si bien existen en la red varias versiones al español de este texto, esta es la que resultó de una traducción personal:

No sé, hijos míos, qué mundo será el suyo. Es posible -todo es posible- que sea aquel que deseo para ustedes: un mundo simple donde sólo exista la dificultad que sobreviene de nada que no sea simple y natural. Un mundo en que todo sea permitido conforme a su gusto, sus deseos, su placer, su respeto por los otros y de otros hacia ustedes. Y es posible que no sea esto, ni que siquiera sea esto lo que les interese para vivir. Todo es posible, aun cuando luchemos, como debemos luchar, por todo cuanto nos parezca libertad y justicia, o más que cualquiera de ellas, una fiel dedicación a la honra de estar vivo.
     Un día sabrán que en toda la humanidad es incontable el número de los que pensaron así, amaron a su semejante en lo que tenía de único, de insólito, de libre, de diferente; y fueron sacrificados, torturados, golpeados y entregados hipócritamente a la secular justicia para que los liquidase "con suma piedad y sin efusión de sangre".
     Por ser fieles a un dios, a un pensamiento, a una patria, una esperanza, o mucho al hambre incontestable que les roía las entrañas, fueron desentrañados, desollados, quemados o bañados con gas; y sus cuerpos amontonados tan anónimamente como habían vivido; o sus cenizas dispersas para que de ellas no quedase memoria.
    A veces, por ser de una raza, otras por ser de una clase, expiaron todos los errores que no habían cometido o que no tenían conciencia de haber cometido. Pero sucedió también que no fueron muertos. Hubo siempre infinitas maneras de prevalecer, aniquilando mansamente, delicadamente, por intransitables caminos, como se dice que son intransitables los de Dios.
     Estos fusilamientos, este heroísmo, este horror, fue una cosa entre mil, ocurrida en España, hace más de un siglo y que por violenta e injusta ofendió el corazón de un pintor llamado Goya, quien tenía un corazón muy grande, lleno de furia y de amor. Pero esto no es nada, hijos míos. Solamente un episodio, un breve episodio en esta cadena en que ustedes son un eslabón (¿o no serán?) de hierro, sudor, sangre y algún semen, de camino al mundo que sueño para ustedes.
     He creído que ningún mundo, que nada ni nadie vale más que una vida o la alegría de tenerla. Es esto lo que más importa: esa alegría. He creído que la dignidad de que les hablarán tanto, no es sino esa alegría que viene de encontrarse vivo y de saber que en ningún momento alguien está menos vivo, sufre o muere, para que sólo uno de ustedes resista un poco más a la muerte que es de todos y que llegará.
     Ardientemente espero que ustedes sepan esto con serenidad, sin culpar a nadie, sin terror, sin ambición y sobretodo sin desapego o indiferencia. Tanta sangre, tanto dolor, tanta angustia, un día –aunque el tedio de un mundo feliz los persiga- no han de ser en vano. Confieso que muchas veces, pensando en el horror de tantos ciclos de opresión y crueldad, dudo por momentos y una amargura me inunda inconsolablemente. ¿Serán o no en vano? Pero, incluso que no lo sean, ¿quién resucita esos millones, quién restituye no sólo la vida, sino todo lo que les fue arrebatado? Ningún Juicio Final, hijos míos, les puede dar aquel instante que no vivieron, aquel objeto que no gozaron, aquel gesto de amor que dejarían "para mañana".
     Y, por eso, nos corresponde mantener el mismo mundo que creamos, con cuidado, como una cosa que no es sólo nuestra; que nos es entregada para que la cuidemos respetuosamente en memoria de la sangre que nos corre por las venas, de nuestra carne que fue otra, del amor que otros no amaron porque les fue robado.


Jorge de Sena (1919-1978), escritor portugués.
Versión de Resih Omar Hernández Beristáin.

lunes, 8 de junio de 2015

Arrugas

Si permanecieras para siempre
en aquellos ojos que en ti puse,
en aquel oscilar
de virgen y meretriz eternamente,
serías el sueño prolongado
que no existe.
Mas los años, amiga,
los años que pasaron
hicieron de caucho tu piel.
Y la desesperación de las arrugas
adornó tu rostro
en un rasgo de ti misma.
Y te desdoblaste en cascadas de gestos
en busca de lo que fuiste
sin saberlo.
Y hay algo de injusto en todo esto,
porque mis ojos
aún tienen la misma edad.
Y el tiempo,
ese verdugo lento
hizo de nosotros una referencia,
un recuerdo oculto de lo que fuimos.
Y hoy tal vez son tus hijas
quienes heredaron de ti  
la altivez, la gracia de garza,
y el altar de admiración.
Pero tú, amiga, tú...
Tus senos de mármol,
que mordí como amante,
me los robaron de envidia
el tiempo y la lejanía.
Por eso me niego a verte hoy,
sin estar en aquel recuerdo.
Dicen que es así
esto de vivir.
Y todo es crudo, injusto y triste
en esta amargura. 
Porque la belleza extrema
nunca debería morir.
Y todo lo que me ha acabado
no me preocupa,
pues nunca conté mucho
para lo bello que me diste.
Siempre voy a ser esto:
cualquier cosa,
cada vez más viejo y agreste.
Pero tú tenías derecho a la eternidad.
Tu rostro, tu cuerpo y tus manos
viven para mí aún y siempre
en el ideal que de ti guardo.
Y hay algo de injusto en todo esto,
porque mis ojos...
aún tienen la misma edad.

Pedro Barroso, cantautor portugués. 
Traducción: Resih Omar Hernández Beristáin.


sábado, 2 de marzo de 2013

EL PÁJARO Y LA DONCELLA


Había entonces, en la ciudad de Santa Clara, pájaros vizcondes, especie alada en vías de extinción, tal vez por su extraño hábito de llevar consuelo a doncellas infelices. Aconteció esta vez que uno de ellos volaba descuidado cierto atardecer cuando, percibiendo el llanto de una joven reina, se posó en su ventana y habló así:

“Ya que la única cosa cierta es la incertidumbre; ya que la única cosa constante es la inconstancia; ya que todo bien está sujeto a convertirse en mal; y toda fe en incredulidad; y toda promesa en engaño; y ya que no dispones más que de una vida, que desde su comienzo es finitud, mi consejo es que no tomes nada muy en serio.

En otros tiempos, joven reina, subí a las alturas de vizconde; hoy me limito a aterrizar en el alma humana. Por eso estoy aquí: para reconfortarte. Tu caso es triste, pero, si me disculpas, me atrevo a decirte que también es trivial.

Era tu noche de gloria, eras la reina de la fiesta. Si hubieses tenido alguna duda, te bastaba tocar, disimuladamente, la corona que te ceñía la frente, el cinto que te adornaba el pecho. Tuyo era el salón, lleno de súbditos. Y el prefecto, el juez y el fiscal se inclinaban ante ti, y tuya era la mejor pista de baile.

Sé que de momento eso no te interesaba y que dedicaste una atención distraída a los muchachos que se te acercaban. Tu corazón y tu mente estaban enteramente con el joven de la Capital que mirabas con ternura, encontrándolo simpático de traje y corbata, a él que siempre usaba jeans. Y te acordabas del amorío modelo de sábado a domingo, pues durante la semana él estaba lejos, estudiando informática. Y tu padre te reclamaba, fingiéndose enojado, por la cuenta del teléfono. Y ahora él estaba ahí. Y aguardabas el instante en que te invitaría para bailar e imaginabas, delicada, que no lo dejarías hasta que la orquesta terminara.  

Fue cuando descubriste a la otra. Fue cuando notaste que aquella muchacha del equipo de televisión de la Capital, sin corona ni cinto alguno, se adueñó de tu enamorado y se pegó a él como una anguila. Los dos apenas se movían, alejados de todo ritmo y de repente desaparecieron. Y a la mañana siguiente nadie necesitó decirte a dónde fueron. Y durante los días que siguieron, tu teléfono permaneció callado; tus sábados y domingos se sumergieron en el vacío.

No tomes nada de eso muy en serio, joven reina. Nada es tan serio. Mi sentir es que un día, cuando tengas 20 años y te encuentres con él en una calle de la Capital, te sorprenderás de haberlo amado. Y te reirás de haber llorado por él. Y no necesitarás de una corona para saber que sólo es reina quien aprende a dominar sus propios sentimientos” –concluyó el pájaro vizconde.

La doncella se irguió. Ya no había llanto en su rostro, sino una cierta luz en su mirada.

Con un gesto rápido, aprisionó al pájaro vizconde. Lo encerró en una jaula y la escondió en su ropero. Y a partir de entonces, cada vez que sufría contrariedades de amor, hacía que él le dijera palabras bonitas, prometiéndole la libertad. Fue algo que jamás cumplió, pues él le había enseñado que toda promesa está sujeta a convertirse en engaño; y, además, los pájaros vizcondes ya se encontraban en vías de extinción.

Liberato Vieira da Cunha, escritor brasileño.
Traducción: Resih Omar Hernández Beristáin.


sábado, 22 de diciembre de 2012

EL DOLOR QUE MÁS DUELE


Machucarse el dedo en una puerta duele. Golpearse la quijada en el suelo duele. Torcerse un tobillo duele. Una bofetada, un puñetazo, un puntapié, duelen. Duele pegarse en la cabeza con la esquina de la mesa. Duele morderse la lengua. Duelen los cólicos, la caries y las piedras en el riñón. Pero lo que más duele es la nostalgia.

Nostalgia de un hermano que vive lejos. Nostalgia de una cascada de infancia. Nostalgia del sabor de una fruta que no se encuentra más. Nostalgia del padre que ya murió. Nostalgia de un amigo imaginario que nunca existió. Nostalgia de una ciudad. Nostalgia de nosotros mismos cuando había más audacia y menos canas. Duelen todas esas nostalgias, pero la más dolorosa es la nostalgia de quien se ama.

Nostalgia de la piel, del aroma, de los besos. Nostalgia de la presencia y hasta de la ausencia acordada. Podías estar en la sala y él en el cuarto, sin verse, pero se sabían ahí. Podías ir al aeropuerto y él al dentista, pero se sabían en un lugar. Podías estar todo el día sin verlo y él sin verte, pero se sabían al día siguiente. Pero cuando el amor de uno acaba, al otro le sobra una nostalgia que nadie sabe cómo detener.

Nostalgia es no saber. No saber más si él continua resfriandose en invierno. No saber si ella continua aclarándose el cabello. No saber si él aún usa la camisa que le regalaste. No saber si ella fue a la consulta con el dermatólogo como prometió. No saber si él ha comido pollo de la panadería, si ella ha asistido a sus clases de inglés, si él aprendió a entrar en la Internet, si ella aprendió a estacionarse entre dos autos, si él continua fumando Carlton, si ella continua prefiriendo Pepsi, si él continua sonriendo, si ella continua bailando, si él continua pescando, si ella continua amándolo.

Nostalgia es no saber. No saber qué hacer con los días que se hicieron más largos. No saber cómo encontrar tareas que distraigan. No saber cómo frenar las lágrimas ante una canción. No saber cómo vencer el dolor de un silencio que nada llena.

Nostalgia es no querer saber. No querer saber si él está con otra, si ella está feliz, si él está más delgado, si ella está más bella. Nostalgia es nunca más querer saber de quien se ama, y aún así, doler.

Martha Medeiros, periodista y poeta brasileña.
Traducción: Resih Omar Hernández Beristáin.
 

viernes, 2 de noviembre de 2012

ANTES DE QUE CREZCAN

Hay un periodo en que los padres se van quedando huérfanos de sus propios hijos. Y es que los niños crecen. Independientes de nosotros, como árboles indiscretos y aves parlanchinas. Crecen sin pedir permiso. Crecen como la inflación, independiente del gobierno y de la voluntad popular, entre el estupro de los precios, los disparos de los discursos y el asalto de las estaciones. Crecen con una estridencia alegre y, a veces, con alardeada arrogancia. Pero no crecen todos los días de igual manera. Crecen de repente. Un día se sientan cerca de ti en la terraza y dicen una frase con tal madurez, que sientes que no puedes ya cambiar los pañales de esa criatura.

¿Dónde estuvo creciendo ese pequeño ser que no te diste cuenta? ¿Dónde quedó aquel olor a leche sobre la piel? ¿Dónde quedó la palita para jugar en la arena? ¿Las fiestas de cumpleaños con payasos, amiguitos y el primer uniforme de la guardería?

El niño está creciendo en un ritual de obediencia orgánica y desobediencia civil. Y ahora tú estás ahí, en la puerta de la discoteca, esperando que no sólo crezca, sino que aparezca. Ahí están muchos padres al volante, esperando que salgan radiantes, sonriendo, con cabellos largos y sueltos. Entre hamburguesas y refrescos en las esquinas, ahí están nuestros hijos con el uniforme de su generación: incómodas mochilas de moda en los hombros desnudos o bien con el suéter amarrado en la cintura. El suéter es nuevo y pensamos que va a estropearlo, pero no tiene caso: es el emblema de la generación. Y ahí estamos, con el cabello ya encanecido. Esos son los hijos que conseguimos criar a pesar de los ventarrones, de las cosechas, de las noticias y de la dictadura de las horas que parecían interminables. Y ellos crecen un poco amaestrados, observando muchos de nuestros errores.

Hay un periodo en que los padres se van quedando un poco más huérfanos de sus propios hijos. No los recogeremos más en las puertas de las discotecas y las fiestas, cuando salen entre canciones y lenguajes juveniles. Pasó el tiempo del ballet, del inglés, de la natación y el judo. Dejaron el asiento trasero y pasaron al volante de sus propias vidas. 

Debimos haber ido por la noche a su cama para escuchar su alma respirando pláticas y confidencias entre las sábanas de infancia y los adolescentes cobertores de aquella habitación llena calcomanías, pósters, agendas coloridas y discos ensordecedores.

Crecieron sin que agotáramos en ellos todo nuestro afecto. En un principio subían a la montaña o iban a la casa de playa entre equipaje, galletas, embotellamientos, navidades, pascuas, piscinas y amigos. Sí, había peleas dentro del auto, peleas por ganar la ventanilla, peticiones de helados y sándwiches, canciones infantiles. Después llegó la edad en que viajar con los padres comenzó a ser un esfuerzo, un sufrimiento, pues era imposible abandonar a los amigos y los primeros noviazgos.

Los padres quedaron entonces exiliados de los hijos. Tienen la privacidad que siempre desearon, pero de repente mueren de nostalgia de aquellas verdaderas "pestes”. Llega un momento en que sólo nos queda mirar de lejos, resignados y rezando mucho para que acierten en sus elecciones en busca de la felicidad, y que la conquisten del modo más completo posible. Lo único que queda es esperar. En cualquier momento pueden darnos nietos. Con el nieto llega la hora del cariño ocioso y almacenado que no se dio a los propios hijos, y que no puede morir con nosotros. Es por eso que los abuelos son tan desmedidos y distribuyen tan incontrolables afectos. 

Esperar, esperar. Nos vamos haciendo expertos en ello. Miramos la puerta de nuestra casa y recordamos cuando llegaban de la escuela, fatigados, con el uniforme sucio y siempre hambrientos. Y hoy ellos entran cargando la llave del auto, trayendo consigo todo lo que pasaron en la semana y que ahora van a compartir con sus padres. Sí, llegamos a la conclusión de que ya no hay modo de mantener a aquel niño en el regazo. Tenerlo en nuestros brazos como si fuese parte de nuestro cuerpo, hoy es solamente un sueño. Sus alas ya están muy crecidas y sus ganas de volar son todavía mayores. 

Por eso, es siempre necesario hacer alguna cosa más, antes de que crezcan.

Affonso Romano de Sant' anna, escritor brasileño.
Traducción: Resih Omar Hernández Beristáin.



N. del T: No existe una sola versión de este texto; el autor lo ha reescrito y publicado varias veces. Por esta razón, se decidió partir de dos fuentes para llegar al texto que aquí se presenta. La mayor parte de él se basa en una versión que circula en YouTube:

http://www.youtube.com/watch?v=jZwl5bLT62A

La versión complementaria fue tomada de la siguiente página:

http://pensador.uol.com.br/frase/MzYyMTIy/ 

lunes, 2 de julio de 2012

Carnet de identidad en el siglo XX: dos poetas palestinos contemporáneos


 
Mestizos, somos árabes también. 
Alguien que llegó a España hace diez siglos nos circula, 
conoce las estrellas, es caravana en el desierto.
Sarracenos con alfanjes y rodelas cabalgan todavía 
las llanuras hacia mezquitas asombrosas, 
anegando espacios y aposentos con una lengua de medias lunas.

Fernando Rendón


Resulta que estos últimos días he estado recordando un par de escritos pertenecientes a dos poetas palestinos: Samih Al Qassim (1939) y Mahmoud Darwish (1941-2008) y quise compartirlos.

Y es que la dignidad que emana de esos escritos de alguna manera remite a la situación tan crítica que hemos experimentado los mexicanos en los últimos días, jornadas en que privó una descarada irregularidad en los comicios y aún se intenta imponer en la presidencia a un personaje nocivo para el país y nada grato para las mayorías. Así, los ánimos están exaltados. Y esta exaltación viene dada por una sensación de despojo e impotencia; pues se ha pisoteado nuestro derecho a elegir; se nos ha arrebatado la posibilidad de decidir sobre aquello que consideramos lo mejor para nuestro presente y para nuestro futuro.  

Respecto a los poemas de esta ocasión, hace falta mirar un poco hacia atrás para conocer su contexto y así captar mejor la contundencia de estos poetas árabes. En primer lugar, hay que tomar en consideración que desde poco antes de 1948, año en que se fundó Israel -tras desembarazarse de la tutela británica-, inmigrantes judíos provenientes de todas partes del mundo llegaron a Palestina, ocupada desde la segunda década del siglo XX por los británicos. En un principio, para los habitantes palestinos esto no significó amenaza alguna y se les abrió las puertas. Sin embargo, repentinamente el número de inmigrantes aumentó. La presencia británica favoreció la creación de agrupaciones de apoyo a inmigrantes judíos, organizaciones que con el tiempo se convertirían en aparatos del estado israelí. Poco a poco los palestinos comenzaron a ser despojados de sus tierras, vulgar latrocinio perpetrado por los recién llegados. Fue en estas circunstancias que surgieron grupos armados (calificados de terroristas en occidente) que buscaban recuperar el territorio robado a los palestinos. 

He aquí un mapa muy ilustrativo de cómo Israel (en gris) fue apropiándose de las tierras palestinas:


Es de aquellos tiempos que nos habla Samih Al Qassim, quien a pesar de haber nacido en 1939, considera que su año de nacimiento fue 1948, año de gran impacto en su vida, pues corresponde -recordemos- a la implantación de ese injerto occidental en tierras palestinas: el estado de Israel.

EN EL SIGLO VEINTE

Aprendí a no odiar
durante siglos,
pero me obligaron
a blandir una flecha permanente
ante el rostro de una serpiente.
A blandir una espada de fuego
ante el rostro del Baal demente
a transformarme en el Elías del siglo veinte.

Aprendí
durante siglos
a no proferir herejías.
Hoy azoto a los dioses
que estaban en mi corazón,
los dioses que vendieron a mi pueblo
en el siglo veinte.

Aprendí
durante siglos
a no cerrar la puerta ante los huéspedes.
Pero un día
abrí los ojos
y he visto mis cosechas robadas
ahorcada la compañera de mi vida
y sobre las espaldas de mi hijo
surcos de heridas.
Entonces reconocí la traición de mis huéspedes
sembré mi umbral con minas y cuchillos
y juré en nombre de las cicatrices
que ningún huésped franquearía mi umbral
en el siglo veinte.

Durante siglos
no fui más que poeta
asiduo concurrente de los círculos místicos.
¡Pero me he transformado
en un volcán en rebelión
en el siglo veinte!

Por otro lado, los palestinos expulsados buscaron refugio en varios países vecinos (como Jordania y Líbano). Otros permanecieron en Cisjordania (pequeñas áreas al oriente del mapa) y a otros se les confinó en la Franja de Gaza (al suroeste del mapa), convertida hoy en día en el campo de concentración más grande del mundo -qué ironía. 

Pero aquellos palestinos que permanecieron en los territorios anexionados por Israel, conforman hoy en día una quinta parte de la población y se emplean en trabajos marcados por la precariedad. De éstos nos habla justamente Mahmoud Darwish:


CARNET DE IDENTIDAD 

Registra
que soy árabe,
y el número de mi carnet es el cincuenta mil;
que tengo ya ocho hijos,
y llegará el noveno al final del verano.
¿Te enfadarás por ello?

Registra
que soy árabe,
y con mis camaradas de infortunio
trabajo en la cantera.
Para mis ocho hijos
arranco, de las rocas,
el mendrugo de pan,
el vestido y los libros.
No mendigo limosnas a tu puerta,
ni me rebajo
ante tus escalones.
¿Te enfadarás por ello?

Registra
que soy árabe.
Soy nombre sin apodo.
Espera, paciente, en un país
en el que todo lo que hay
existe airadamente.
Mis raíces,
se hundieron antes del nacimiento
de los tiempos,
antes de la apertura de las eras,
del ciprés y el olivo,
antes de la primicia de la yerba.
Mi padre...
de la familia del arado,
no de nobles señores.
Mi abuelo era un labriego,
sin títulos ni nombres,
que me enseñó la dignidad del sol
antes que a leer el alfabeto.
Mi casa es una choza campesina
de cañas y maderas,
¿te complace?
Soy nombre sin apodo.

Registra
que soy árabe,
que tengo el pelo negro
y los ojos castaños;
que, para más detalles,
me cubro la cabeza con un velo;
que son mis palmas duras como la roca
y pinchan al tocarlas.
Y me gusta el aceite y el tomillo.
Mi dirección
vivo
en una aldea perdida, abandonada,
sin nombres en sus calles.
Y cuyos hombres todos
están en las canteras o en el campo...
¿Te enfadarás por ello?

Registra
que soy árabe;
que robaste las viñas de mi abuelo
y una tierra que araba
yo, con todos mis hijos.
Que sólo nos dejaste
estas rocas...
¿No va a quitármelas tu gobierno también,
como se dice?
Registra, pues...

Registra
en el comienzo de la primera página
que no aborrezco a nadie,
ni a nadie robo nada.
Mas, que si tengo hambre,
devoraré la carne de quien a mí me robe.
¡Cuidado, pues!
¡Cuidado con mi hambre,
y con mi ira!
Soy árabe.

Así las cosas, la situación de los palestinos en la Franja de Gaza continua igual. Y es de esperar que esto ya resulte irrelevante a la comunidad internacional y prefiera ocupar su atención en otros asuntos. Por otro lado, me sigue asombrando la avidez con que públicos numerosos asisten a aquellas películas en que se sigue mostrando al judío vejado por los antiguos egipcios o por las hordas hitlerianas. Y es obvio que, si se toma en consideración que las grandes compañías cinematográficas estadounidenses se encuentran en manos de judíos, adivinaremos de qué lado se inclina la balanza. 

Sí, es frustrante observar que así van las realidades de este mundo. Unas se invisibilizan y otras se sobredimensionan según sea el caso. Y en México no hay lugar en que no se haya vivido nada de lo que aquí ya se ha hablado. Por esta razón, pienso que el contenido de este post, no puede sernos tan ajeno.

Más información sobre poetas árabes contemporáneos:
Fuente del mapa: